

©Francesca Rufo
El pequeño avión comenzaba a despegar de aquella pequeña pista, que vista desde el aire parecía una línea trazada con un lápiz. De mis ojos resbalaban furtivamente unas lágrimas, como si no quisiera que nadie pudiera verlas. Lloraba, sí, Tetiaroa quedaba atrás y yo sabía que nunca más la volvería a ver.
Ahora ya sé que el paraíso existe. Lo he podido ver y está formado por quince bungalows que regenta la familia polinesia de Marlon Brando, aquella que formó junto a Tarita. La comida es excelente en este lugar. Un chef francés está cargo de la cocina y prepara exquisitos platos a base de pescado marinado con leche de coco y lima.
La isla está limpia y bien cuidada. En Tetiaroa tienes la sensación de que el tiempo se ha detenido. No existe el reloj y sólo reina una calma infinita, únicamente interrumpida por el ruído de las numerosas aves que pueblan este lugar.
Tetiaroa hace bueno el dicho de que en Polinesia reinan las aguas transparentes. Los abundantes corales dan a esta isla un mar transparente cuajado de diferentes tonos de azul.
Espero y deseo que nada ni nadie cambie la exuberante belleza de Tetiaroa. Me gustaría emular a Gauguin y quedarme allí una buena temporada para dar rienda suelta a mi vena pictórica.
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