La princesa mató a Letizia. Cumplió lo que le exigieron cuando ingresó en el club de los royals. Se convirtió a la monarquía y juró que consagraría su vida entera a tan noble institución. Los funcionarios de palacio se encargaron de enterrar su pasado. Nada podía recordar que había estado casada, que fue una mujer que vivió y amó como el resto de sus coetáneas.
De cómo se fabrica una princesa habría mucho que hablar. Está claro que en el proceso de creación de la princesa de Asturias se emplearon a fondo para difuminar su verdadera personalidad. Había que domar a aquella Letizia que venía con la etiqueta de mandona.
El prototipo de princesa de Asturias no fue bien recibido. Los entendidos en moda no le dieron el aprobado en vestuario, pues aunque consideraban que la ropa exhibida era elegante, resultaba demasiado sobria para una mujer de su edad. Tampoco acertaba con el peinado ni con el maquillaje.
En palacio se rompían la cabeza pensando qué era lo que tanto desagradaba de la princesa. Llegaron a la conclusión que sólo suavizando su rostro, su imagen sería mejor recibida. Su nariz aguileña y su rasgos angulosos transmitían frialdad.
Aprovechando el buen tiempo, la princesa de Asturias entró en quirófano. En Zarzuela dijeron que fue por motivos de salud, pero la realidad es que se trataba de dulcificar su imagen para hacerla más agradable al gran público.
Uno de los grandes problemas de Letizia es que quiere ser más monárquica que el propio rey. Comentan que ha expresado a sus periodistas de cámara que le ha parecido una falta de respeto a la monarquía el hecho de que ciertos medios hayan publicado una instantánea donde se le ve a ella y a Carla Bruni de espaldas. Por supuesto, es innegable que la fotografía lleva a comparar el trasero de ambas damas, pero de ahí ha hablar de falta de respeto contra la institución, media una abismo. Extraño comentario en alguien que fue periodista.
Quién podía imaginar que aquella Letizia que se convirtió en princesa vería al enemigo en la prensa. Empezó con mal pie. En su primer verano en el palacio de Marivent se quejaba de que le hicieran fotos. Cuentan que llegó a comentar que se ponía siempre el mismo kaftan cuando salía a navegar para que los fotógrafos desistieran en su empeño de inmortalizarla. Se habla de un incidente ocurrido en el Club Naútico de Palma en el que la reina Sofía tuvo que conminarla a que se quitara las gafas de sol para que los periodistas pudieran verla en todo su esplendor.
Un año después, ya embarazada de su primera hija, Letizia volvió a armarla. El príncipe no participó en las regatas y la pareja se perdió con rumbo desconocido. Entonces se dijo: está en estado y el Estado. Cayeron chuzos de punta y al rey se le pusieron los pelos como escarpias. ¿Pero qué he hecho yo para merecer una nuera como ésta?
La penúltima batalla de la princesa contra la prensa ha tenido lugar con motivo de la demanda que su hermana Telma
interpuso contra una cincuentena de medios de comunicación, un record digno de entrar en el Guinnes, apartado idiotas.
Letizia, lejos de desmarcarse de semejante estupidez, apoyó a su hermana. Incluso llamó a consultas a ciertos periodistas para pedirles soporte para la causa de Telmita. Por una vez, hasta los más cortesanos le desaconsejaron tamaña memez. Ni ella ni el príncipe escucharon y despacharon a sus interlocutores con gesto adusto.
Cuando ya el affair Telma era pasado, la princesa de Asturias ha vuelto a desenterrar el hacha de guerra para pedir vida privada. Suena a tomadura de pelo que después de hacer esta petición expresara que antes, cuando era periodista, veía el asunto desde otro prisma. Es cierto que los miembros de casas reales tienen derecho a vacaciones, pero también es verdad que la mayoría, conocedores del encantamiento que produce ver a los royals en actitud distendida y familiar, facilitan instantáneas de sus momentos de ocio. Leticia tampoco.
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