Desde que Letizia Ortiz fuera presentada como prometida del príncipe Felipe, no ha pasado un día en que no haya sido objeto de crítica. Primero se habló de su fuerte carácter, y todo porque le pidió a su futuro esposo que la dejara acabar la frase que había empezado. Después llegarían los puristas para decirnos que una divorciada no era la adecuada como esposa del heredero.
En su primer embarazo, la princesa pasó un calvario con los dimes y diretes que el mismo generó. A tanto llegó el asunto que se habló de inseminación artificial debido a un supuesto aborto que sufrió en su juventud.
Otro foco de polémica ha sido la delgadez la princesa. Por más que se ha explicado que su constitución es así, el asunto vuelve con fuerza cada cierto tiempo. Además, el hecho de que tras los embarazos luzca sin un gramo de grasa, aumenta el fantasma de la que algunos han dado en llamar la enfermedad de las princesas.
Este verano, Letizia se ha sometido a una operación de nariz. Un tema que anima las tertulias rosas y políticas. Para la bestia negra de la princesa, léase Jaime Peñafiel, el asunto se habría zanjado con unas tiritas. El caballero está convencido de que todo obedece a una cuestión estética y que las deficiencias respiratorias alegadas son una excusa para justificar la intervención. Es posible que sea así, sin embargo, sorprende que la princesa no hubiera pasado por el quirófano anteriormente, cuando su rostro asomaba cada noche en la pequeña pantalla. Quién sabe si alguno de los asesores que tiene la familia real haya sugerido a la consorte suavizar sus rasgos para disimular la agresividad que le achacan.
Para colmo de males, Letizia no guarda una buena relación con sus cuñadas. Se hace evidente que cada vez que aparecen juntas en actos, no se dirigen la palabra. El distanciamiento es muy visible y la rumorología dice que la culpa es de la princesa. Espinoso asunto del que poco o nada se sabe. Se habla de que las tiranteces empezaron el día en que la esposa de Felipe se negó a alojar a los padres de Iñaki Urdangarín en su residencia.
Como todos, la princesa tiene sus defectos y virtudes. Sin embargo, es cuestión de dejarla respirar para que pueda demostrar sus cualidades. A alguien tan perfeccionista como ella no le beneficia en absoluto que todos y cada uno de sus movimientos, gestos y palabras sean escudriñadas minuciosamente buscando quién sabe qué.