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© Aurelio Manzano
Muchos han sido los juicios en los que he asistido en calidad de periodista. Pues bien, ayer tenía uno en mi agenda donde la demandante era una chica que reclamaba su derecho a la intimidad, basándose en su condición de persona anónima. Su nombre: Telma Ortiz Rocasolano. Y mira tu por dónde que yo, candoroso de mí, pensé que se trataba de la nieta de los dueños de las famosas magdalenas, pero no, era la hermana de la princesa de Asturias.
En la fría mañana toledana muchos creímos que la hermanísima, sobrenombre que Telmita se ha ganado a pulso y que a Letizia desagrada enormente, no asistiría. Sin embargo, apareció a las diez y ahí empezó un largo día cargado de emociones y dicotomías.
Lo más curioso de este asunto es que Telma, que pide ser tratada como cualquier otro ciudadano de a pie, disfruta de privilegios que sólo tienen los que están emparentados con la realeza. Por ejemplo, mientras el resto de los allí presentes accedimos a los juzgados por la puerta principal y tras pasar los trámites pertinentes, ella lo hizo por otra puerta donde no hubo de someterse a control de seguridad alguno. ¡Menos mal que no le dio por llegar armada, que si no...! Acto seguido, la cuñada del príncipe Felipe fue la primera en acceder a la sala donde se celebraría el polémico juicio. Otra irregularidad, pues siempre entran antes los letrados que los demandantes. Pero el asunto no acabó aquí, pues en un momento de la vista, Telma solicitó permiso a Su Señoría para abandonar el lugar, para amamantar a su pequeña, explicó, y el permiso le fue concedido. Pues bien, cuando se percató de que algunos periodistas tomábamos buena nota de su tocata y fuga, la cuñadísima, en plan jactancioso, se paró ante nosotros, levantó un dedo –como Cleopatra en sus noches de poder- se quejó y nos desalojaron para que ella pudiera abandonar el lugar sin incómodos testigos de vista. A la cooperante le permitieron utilizar el camino que a diario toman los presos tras ser juzgados.
Se intentó transmitir la idea de que la magistrada encargada del asunto hizo todo lo posible para que no hubiera trato de favor a la demandante. Sin embargo, algunos empleados judiciales (léase secretarias) y diferentes miembros de la Benemérita, se desvivían para que todo fuera del gusto de Telmita.
Quien sí aguantó estoicamente en el banquillo, durante todo el tiempo que duró el juicio, fue Enrique Martín-Llop, novio y demandante, a la sazón. Fueron diversas las ocasiones en que este caballero bajó la cabeza ante la contundencia de los brillantes argumentos esgrimidos por los abogados de los medios de comunicación demandados. Una pena que Enrique tan sólo gozara de la compañía de la madre de su hija Amanda durante poco más de una hora, pues Telmita se fue a media mañana para no regresar.
Dentro de unos días conoceremos la decisión de la jueza. Veremos a ver quién gana esta batalla que tú, Telma Ortiz Rocasolano, empezaste. Esperemos que la guerra no se desate, pues aunque tu cuñado y tu hermana no lo ven así y te apoyan en tu decisión, el daño a la monarquía podría ser irreparable. ¡Dios salve al Rey y a la Reina!
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